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CAMINOS POSIBLES
He estudiado una especie de itinerario educativo:
debería representar el recorrido que hace posible
la experiencia religiosa.
Este cuadro conceptual es importante para recordar todo
lo que puede haberse perdido a causa de la urgencia del
momento. Pero no es suficiente. El compromiso pastoral requiere
también una estrategia metodológica precisa,
la selección de los recursos, entre tantos disponibles;
la investigación de otros nuevos, la organización
de unos y otros en un proyecto operativo.
Este trabajo concierne a los educadores y a las comunidades
concretas. Para facilitarlo sugiero algunos caminos que
pueden ser privilegiados.
-
El camino de la narración.
Entre los jóvenes hay una necesidad profunda e
intensa de alguien que haga propuestas. Este me parece
el punto crucial de toda la investigación sobre
la experiencia religiosa de los jóvenes.
Pero no se debe remitir
a modelos tradicionales, ni podemos desempolvar los viejos
instrumentos educa¬tivos, para obligar a los jóvenes
a caminos ya superados.
La alternativa es ya experiencia: el camino de la narración.
La palabra que nos intercambiamos es ya una narración;
una historia de vida, contada para ayudar a otros a vivir
con gozo, con esperanza, con la libertad de volver a ser
protagonistas.
En la raíz de esta narración están
las exigencias objetivas de la vida, recompensa por parte
de la verdad donada. Creer en la vida, servida para que
nazca contra toda situación de muerte, ciertamente
no puede significar disolver las exigencias más
radicales, ni tampoco dar lugar al abandono de una búsqueda
sin horizontes y a la mera subjetividad.
Pero repetir esta narración no significa reproducir
un acontecimiento siempre con las mismas palabras. Más
bien exige la capacidad de expresar la historia narrada
dentro de la propia experiencia y la propia fe.
Por eso cada educador encuentra, en su experiencia y en
su pasión, las palabras y los contenidos para infundir
vitalidad y contemporaneidad a su narración. Su
experiencia es parte integrante de la misma.
Por parte de la vida, también los destinatarios
se hacen protagonistas de la narración misma. Los
jóvenes se vuelven «recurso» en lugar
de «problema».
- El camino de la experiencia. La propuesta
no es solamente una oferta de significados para la existencia.
Ante todo es un «ven y verás». Por tanto,
discurre a través de las directrices de la confrontación
vivida con los «signos» de la presencia de Dios
en la vida cotidiana.
En el contexto cultural actual son muchos los signos de
esta presencia difusa. Recuerdo algunos, refirién¬dome
expresamente a los resultados de la investigación.
- Los testigos: un elemento calificador
se nos da por medio de la presencia de «testigos».
En contacto con testigos de una presencia capaz de saciar
la invocación, resulta más fácil
la entrega personal al misterio, como acogida, que es
la razón de la propia vida, motivo de paz interior,
aún entre las inquietudes que siguen atravesando
la existencia, fundamento de esperanza y de sentido,
aún en medio del esfuerzo cotidiano para expresado
y verificado.
- Lugares, encuentros, celebraciones,
pertenencias: un modo casi estructural de asegurarse
la función de «testigos» se da en
los «lugares» donde se hace la experiencia
religiosa.
La afirmación nace de la constatación
del estado concreto y de una indicación de carácter
educativo.
La presencia concreta en lugares particularmente significativos
ha funcionado para muchos como apoyo y búsqueda
de la experiencia religiosa.
Hoy parece urgente volver al dato consolidado, ima¬ginando
lugares que puedan ayudar a dicha función, en
las diferentes situaciones culturales.
Uno de estos espacios es la comunidad eclesial, especialmente
en sus expresiones más significativas y experimentables
(momentos litúrgicos, vida de grupos y movimientos,
encuentros y manifestaciones juve¬niles...).
Confrontando con los datos de la investigación,
no parece posible afirmar con rotundidad, que la madu¬ración
de la experiencia religiosa sea posible sólo
en el mundo del propio grupo. Pero es significativo
com¬probar que, en general, quienes pertenecen a
grupos eclesiales de referencia, expresan un nivel mayor
de madurez en su experiencia religiosa.
- El camino del encuentro. La maduración
hacia la experiencia cristiana nace de un encuentro, significativo
y desconcertante: el encuentro con Jesús, rostro
y palabra de Dios o, como alguien lo ha definido, con Dios
cuyo rostro se manifiesta en Jesús.
Se trata de un encuentro especial. Nos encontramos con alguien
que está ya a la puerta y llama. Apenas comenzamos
a dirigirnos a él, nos sale al encuentro, pues es
el primero que ama, acoge y perdona.
La percepción de la cercanía y de la presencia
de Dios es frecuente, aun cuando los modos de expresarse
son muy variados.
La constatación nos indica tres direcciones:
- en situación
de pluralismo y complejidad, es indispensable imaginar
modalidades diversificadas, multiplicando las propuestas
y las ocasiones de experiencias en esta dirección;
- aunque el juicio educativo deba
ser preciso y exi¬gente, el poder significativo
de estos signos de la presen¬cia y cercanía
de Dios se ha de medir en base a la subjetividad (diferente)
de los jóvenes: el proceso de autentificación
parte necesariamente de la acogida incondicional;
- hay que reservar una función
espacialísima a los documentos de la vida cristiana.
Para esto estamos invitados a redescubrir el valor educativo
y de pro¬puesta que encierran algunos «textos»
privilegiados de nuestra experiencia creyente: los evangelios,
algunos salmos, y también algún texto
autobiográfico particu¬larmente sugestivo.
- El camino del conocimiento. Hemos
reconocido muchos signos de las vivencias juveniles actuales
como búsqueda de experiencia religiosa. Es una búsqueda
de sentido y de esperanza, plenamente abierta hacia el más
allá, porque muchos jóvenes ya han experimentado
la fragilidad de las respuestas con que se encuentran. Hasta
los que contestan la vida eclesial lo hacen esperando mejores
perspectivas, que, por desgracia, muchas veces vuelven a
decepcionarlos.
Esta constatación nos interroga.
Es cierto que no podemos hacer propuestas a quienes no tienen
preguntas; pero no lo es menos que «la pregunta estará
de manera mucho más clara solamente en la conciencia
humana en que se oye también la respuesta»
(K. Rahner).
Por tanto, un momento metodológico decisivo es la
reformulación de la experiencia cristiana, en su
globalidad, para restituirle toda su fuerza interpelante:
«Los hombres deben saber de qué proyecto de
búsqueda ocuparse y a qué entregarse. Pero
si las Iglesias expresan sus antiguas tradiciones cristianas
de experiencia en un sistema conceptual extraño al
hombre moderno, privarán también a la mayor
parte de los hombres del placer de aferrar este proyecto
de búsqueda como posi¬ble interpretación
de sus experiencias» (E. Schíllebeeckx).
De este modo, también la búsqueda muestra
la necesidad de volver a pensar a fondo la «espiritualidad»
cristiana.
Para expresar su significado y cualidades, recuerdo las
palabras de la intervención conclusiva del cardenal
Ruini en el encuentro eclesial de Palermo: «El concilio
Vaticano lI, en la Gaudium et Spes (n. 37), hablando de
la actividad humana corrompida por el pecado y redimida
solamente por Cristo, nos ofrece una indicación que,
para los fines de la espiritualidad, me parece preciosa.
Hecho nueva criatura por el Espíritu Santo, el hombre
puede y debe amar las cosas que Dios ha creado, recibirlas
de El, guardarlas y honrarlas como si salieran ahora de
las manos de Dios.
Así" usando y gozando" de las criaturas
en libertad y pobreza de espíritu, es introducido
en la verdadera posesión del mundo, como quien nada
tiene y todo lo posee (ef2Cor 6,16) .
Esta pequeña nueva palabra" gozando", unida
a la otra clásica "usando", abre a una
nueva espiritualidad cristiana, que podríamos llamar
específicamente moderna, no caracterizada preferentemente
por la fuga y el desprecio del mundo, sino por el compromiso
en el mundo y la simpatía por él, como camino
de santificación, o sea, de acogida del amor de Dios
hacia nosotros y de ejercicio del amor a Dios y al prójimo».
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