Misioneras del Santísimo Sacramento y
María Inmaculada

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CAMINOS POSIBLES

He estudiado una especie de itinerario educativo: debería representar el recorrido que hace posible la experiencia religiosa.

Este cuadro conceptual es importante para recordar todo lo que puede haberse perdido a causa de la urgencia del momento. Pero no es suficiente. El compromiso pastoral requiere también una estrategia metodológica precisa, la selección de los recursos, entre tantos disponibles; la investigación de otros nuevos, la organización de unos y otros en un proyecto operativo.

Este trabajo concierne a los educadores y a las comunidades concretas. Para facilitarlo sugiero algunos caminos que pueden ser privilegiados.

  1. El camino de la narración.

    Entre los jóvenes hay una necesidad profunda e intensa de alguien que haga propuestas. Este me parece el punto crucial de toda la investigación sobre la experiencia religiosa de los jóvenes.
    Pero no se debe remitir a modelos tradicionales, ni podemos desempolvar los viejos instrumentos educa¬tivos, para obligar a los jóvenes a caminos ya superados.

    La alternativa es ya experiencia: el camino de la narración. La palabra que nos intercambiamos es ya una narración; una historia de vida, contada para ayudar a otros a vivir con gozo, con esperanza, con la libertad de volver a ser protagonistas.

    En la raíz de esta narración están las exigencias objetivas de la vida, recompensa por parte de la verdad donada. Creer en la vida, servida para que nazca contra toda situación de muerte, ciertamente no puede significar disolver las exigencias más radicales, ni tampoco dar lugar al abandono de una búsqueda sin horizontes y a la mera subjetividad.

    Pero repetir esta narración no significa reproducir un acontecimiento siempre con las mismas palabras. Más bien exige la capacidad de expresar la historia narrada dentro de la propia experiencia y la propia fe.

    Por eso cada educador encuentra, en su experiencia y en su pasión, las palabras y los contenidos para infundir vitalidad y contemporaneidad a su narración. Su experiencia es parte integrante de la misma.
    Por parte de la vida, también los destinatarios se hacen protagonistas de la narración misma. Los jóvenes se vuelven «recurso» en lugar de «problema».

  2. El camino de la experiencia. La propuesta no es solamente una oferta de significados para la existencia. Ante todo es un «ven y verás». Por tanto, discurre a través de las directrices de la confrontación vivida con los «signos» de la presencia de Dios en la vida cotidiana.

    En el contexto cultural actual son muchos los signos de esta presencia difusa. Recuerdo algunos, refirién¬dome expresamente a los resultados de la investigación.


    • Los testigos: un elemento calificador se nos da por medio de la presencia de «testigos». En contacto con testigos de una presencia capaz de saciar la invocación, resulta más fácil la entrega personal al misterio, como acogida, que es la razón de la propia vida, motivo de paz interior, aún entre las inquietudes que siguen atravesando la existencia, fundamento de esperanza y de sentido, aún en medio del esfuerzo cotidiano para expresado y verificado.
    • Lugares, encuentros, celebraciones, pertenencias: un modo casi estructural de asegurarse la función de «testigos» se da en los «lugares» donde se hace la experiencia religiosa.

      La afirmación nace de la constatación del estado concreto y de una indicación de carácter educativo.

      La presencia concreta en lugares particularmente significativos ha funcionado para muchos como apoyo y búsqueda de la experiencia religiosa.

      Hoy parece urgente volver al dato consolidado, ima¬ginando lugares que puedan ayudar a dicha función, en las diferentes situaciones culturales.

      Uno de estos espacios es la comunidad eclesial, especialmente en sus expresiones más significativas y experimentables (momentos litúrgicos, vida de grupos y movimientos, encuentros y manifestaciones juve¬niles...).

      Confrontando con los datos de la investigación, no parece posible afirmar con rotundidad, que la madu¬ración de la experiencia religiosa sea posible sólo en el mundo del propio grupo. Pero es significativo com¬probar que, en general, quienes pertenecen a grupos eclesiales de referencia, expresan un nivel mayor de madurez en su experiencia religiosa.

  3. El camino del encuentro. La maduración hacia la experiencia cristiana nace de un encuentro, significativo y desconcertante: el encuentro con Jesús, rostro y palabra de Dios o, como alguien lo ha definido, con Dios cuyo rostro se manifiesta en Jesús.

    Se trata de un encuentro especial. Nos encontramos con alguien que está ya a la puerta y llama. Apenas comenzamos a dirigirnos a él, nos sale al encuentro, pues es el primero que ama, acoge y perdona.

    La percepción de la cercanía y de la presencia de Dios es frecuente, aun cuando los modos de expresarse son muy variados.

    La constatación nos indica tres direcciones:

    • en situación de pluralismo y complejidad, es indispensable imaginar modalidades diversificadas, multiplicando las propuestas y las ocasiones de experiencias en esta dirección;
    • aunque el juicio educativo deba ser preciso y exi¬gente, el poder significativo de estos signos de la presen¬cia y cercanía de Dios se ha de medir en base a la subjetividad (diferente) de los jóvenes: el proceso de autentificación parte necesariamente de la acogida incondicional;
    • hay que reservar una función espacialísima a los documentos de la vida cristiana. Para esto estamos invitados a redescubrir el valor educativo y de pro¬puesta que encierran algunos «textos» privilegiados de nuestra experiencia creyente: los evangelios, algunos salmos, y también algún texto autobiográfico particu¬larmente sugestivo.

  4. El camino del conocimiento. Hemos reconocido muchos signos de las vivencias juveniles actuales como búsqueda de experiencia religiosa. Es una búsqueda de sentido y de esperanza, plenamente abierta hacia el más allá, porque muchos jóvenes ya han experimentado la fragilidad de las respuestas con que se encuentran. Hasta los que contestan la vida eclesial lo hacen esperando mejores perspectivas, que, por desgracia, muchas veces vuelven a decepcionarlos.

    Esta constatación nos interroga.

    Es cierto que no podemos hacer propuestas a quienes no tienen preguntas; pero no lo es menos que «la pregunta estará de manera mucho más clara solamente en la conciencia humana en que se oye también la respuesta» (K. Rahner).

    Por tanto, un momento metodológico decisivo es la reformulación de la experiencia cristiana, en su globalidad, para restituirle toda su fuerza interpelante: «Los hombres deben saber de qué proyecto de búsqueda ocuparse y a qué entregarse. Pero si las Iglesias expresan sus antiguas tradiciones cristianas de experiencia en un sistema conceptual extraño al hombre moderno, privarán también a la mayor parte de los hombres del placer de aferrar este proyecto de búsqueda como posi¬ble interpretación de sus experiencias» (E. Schíllebeeckx).

    De este modo, también la búsqueda muestra la necesidad de volver a pensar a fondo la «espiritualidad» cristiana.

    Para expresar su significado y cualidades, recuerdo las palabras de la intervención conclusiva del cardenal Ruini en el encuentro eclesial de Palermo: «El concilio Vaticano lI, en la Gaudium et Spes (n. 37), hablando de la actividad humana corrompida por el pecado y redimida solamente por Cristo, nos ofrece una indicación que, para los fines de la espiritualidad, me parece preciosa. Hecho nueva criatura por el Espíritu Santo, el hombre puede y debe amar las cosas que Dios ha creado, recibirlas de El, guardarlas y honrarlas como si salieran ahora de las manos de Dios.

    Así" usando y gozando" de las criaturas en libertad y pobreza de espíritu, es introducido en la verdadera posesión del mundo, como quien nada tiene y todo lo posee (ef2Cor 6,16) .

    Esta pequeña nueva palabra" gozando", unida a la otra clásica "usando", abre a una nueva espiritualidad cristiana, que podríamos llamar específicamente moderna, no caracterizada preferentemente por la fuga y el desprecio del mundo, sino por el compromiso en el mundo y la simpatía por él, como camino de santificación, o sea, de acogida del amor de Dios hacia nosotros y de ejercicio del amor a Dios y al prójimo».

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