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EL DIOS DE JESUCRISTO
La experiencia religiosa cristiana es el
conjunto de comportamientos y actitudes con los cuales el
cristiano vive y construye su relación con el Espíritu
de Dios, creído y acogido como presente y operante
en la propia vida y acción, e intenta dar voz y lenguaje
a tal vivencia.
Me preocupo de la experiencia religiosa. La considero una
exigencia irrenunciable de la naturaleza humana.
Lo hago pues, para servir mejor a la vida
y a la felicidad. Pero reconozco que la experiencia religiosa
tiene su cumplimiento, para la vida y la esperanza, en la
experiencia cristiana. Por eso, la educación de la
experiencia religiosa desemboca en su dimensión cristiana.
El recorrido de la experiencia religiosa hacia su ma¬duración
en experiencia cristiana, se puede apoyar sobre algunos
elementos, que recuerdo brevemente:
-
Superar una visión
mercantilista. Una de las actitudes a la que se debe reeducar
para llegar a la maduración de la capacidad de
invocación, es la del sentido de la gratuidad que
ofrece excelencia a la vida y tiene una incidencia muy
importante en todo lo referente a la experiencia cristiana.
Es urgente eliminar del camino razonamientos como: «¿Qué
gano yo si...?», presentes, desgraciadamente, en
muchos modelos pastorales y arraigados intensamente en
la sensibilidad cultural de hoy.
Jesús revela la presencia en la historia de un
principio desconocido, perturbador, respecto de las lógicas
del mal: la debilidad y la derrota (la cruz) es la victoria
de la vida, cuando se vive como disponibilidad al amor
y entrega al proyecto de Dios. La presencia de Jesús
es «salvación» (redención de
la creación hacia el éxito conclusivo) porque
lleva la victoria de la vida sobre el mal y asegura el
éxito de esta dramática aventura.
Podemos confiamos a él (entregando al misterio
de Dios nuestro deseo de vida y felicidad y el miedo que
el dolor y la muerte desencadenan) solamente si conseguimos
reconstruir una relación llevada a cabo bajo el
signo de la gratuidad.
- Vivir «entregados» al misterio.
La falta de gratuidad nos lleva a reconocer como importante
para la propia Para disolver las lógicas mercantilistas
de esta visión, no basta constatar que la ganancia
la tendremos en «la vida eterna».
La reconquista de la gratuidad del amor conduce, en cambio,
a la aventura de la esperanza: la fe se hace entrega de
nuestra existencia a un fundamento, que es sobre todo esperado,
que está más allá de lo que puedo construir
y experimentar. El que vive se distingue y se define cotidianamente
en una experiencia real de entrega; acepta la debilidad
de la propia existencia como limite insalvable de la propia
humanidad.
El fundamento esperado es la vida, comprendida progresivamente
en el misterio de Dios. El gesto fácil y arriesgado
de su acogida, es una decisión que se juega en la
aventura personal y completamente orientada hacia un proyecto
ya dado, que supera, juzga y orienta los otros pasos de
la existencia.
Renovar a personas capaces de entrega significa, por consiguiente,
reconstruir un tejido de humanidad. Pero también
significa arraigar la condición irrenunciable para
vivir una experiencia religiosa y cristiana madura.
Ésta es, de hecho, la vida cristiana: un abandono
en los brazos de Dios, con la actitud del niño que
se entrega confiado al amor de la madre. Parece extraño:
para hacemos adultos, descubrimos la necesidad de hacer¬nos
«niños». Nos lo ha recomendado Jesús:
«Os aseguro que si no cambiáis y os hacéis
como niños, no entraréis en el reino de los
Dios» (Mt 18,3).
Del adulto queremos conservar la lucidez, la responsabilidad
y la libertad, precisamente mientras nos sumergirnos en
una esperanza que sabe «creer sin ven>. Del niño
en cambio, buscamos el coraje de arriesgar,la libertad de
mirar hacia delante, la confianza incondicional en alguien
cuyo amor hemos experimentado, la disponibilidad exagerada
a compartir. En ¬el fondo, el deseo de jugar, aún
con las cosas más serias.
- Dios, Jesús y la Iglesia. También
forma parte de la ión de la invocación, el
momento de la propuesta proyecto de existencia concreto,
que se pueda experimentar, capaz de mostrar el don de una
vida en el Espíritu... Por eso considero también
importante, en el proceso de la educación a la invocación,
el momento de la evangelización: la sabe provocar
en los que viven todavía l distraída y superficialmente;
la sacia en los que ya saben expresar auténticamente
su deseo de vida y de felicidad.
Los resultados de la investigación sobre la experiencia
religiosa de los jóvenes documentan, en positivo
o en negativo, algunos elementos con los cuales tendrá
que enfrentarse el proyecto de evangelización:
- Hay una razón de lenguaje: los grandes temas
de la salvación y de la fe no se pueden proponer,
sólo porque son formulados correctamente, sino
porque son experimentados en una comunidad de fe que
hace de estos conceptos» las razones de la propia
existencia y presencia en la historia;
- También hay una razón teológica:
el reconoci¬miento de la presencia de Dios no se
une suficientemente a ¬ la persona de Jesús;
- Y existe también una razón eclesiológica
para experimentar correctamente, la función de
la iglesia en orden al reconocimiento de Dios.
- Las expresiones eclesiales del encuentro.
El camino de la experiencia religiosa a la experiencia de
fe no es «intelectual», sino «experimental».
Es decir, no se refiere en primer lugar al conocimiento
de lo que implica el proceso. Más bien, pasa de un
nivel a otro, haciendo y promoviendo experiencia.
Claro está que la palabra es una dimensión
consti¬tutiva del hacer experiencia. Por eso no pueden
olvidar¬se la instancia cognoscitiva y la preocupación
«veri¬tativa».
La insistencia sobre la dimensión de experiencia
pone en primer plano el momento eclesial en sus expresiones
visibles: celebraciones litúrgicas y sacramentales
manifestaciones y encuentros, ritmos y tiempos.
5. El paso de la experiencia de fe a la experiencia ética.
La experiencia de imperativos éticos, que tienen
derechos sobre la libertad y la responsabilidad personal
es uno de los puntos en que surge la experiencia religiosa.
Pero no sólo existe esta comprobación. Desde
el punto de vista educativo se reafirma con fuerza la nece¬sidad
de animar a todos a reformular la experiencia religiosa
(y concretamente la cristiana) de acuerdo con las exigencias
de una experiencia ética madura. Teniendo en cuenta
esta exigencia no solamente intervenimos para consolidar
el proceso de maduración de la experiencia religiosa
sino que procuramos también las condiciones para
su germinación.
La atención a las exigencias éticas
se realiza de forma. gradual y progresiva, se desarrolla
como camino de crecimiento hacia la maduración personal
se consolida. por medio de la interiorización consciente
de las razones que solicitan y justifican determinadas actitudes
y comportamientos.
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