Misioneras del Santísimo Sacramento y
María Inmaculada

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EL DIOS DE JESUCRISTO

La experiencia religiosa cristiana es el conjunto de comportamientos y actitudes con los cuales el cristiano vive y construye su relación con el Espíritu de Dios, creído y acogido como presente y operante en la propia vida y acción, e intenta dar voz y lenguaje a tal vivencia.

Me preocupo de la experiencia religiosa. La considero una exigencia irrenunciable de la naturaleza humana.

Lo hago pues, para servir mejor a la vida y a la felicidad. Pero reconozco que la experiencia religiosa tiene su cumplimiento, para la vida y la esperanza, en la experiencia cristiana. Por eso, la educación de la experiencia religiosa desemboca en su dimensión cristiana.

El recorrido de la experiencia religiosa hacia su ma¬duración en experiencia cristiana, se puede apoyar sobre algunos elementos, que recuerdo brevemente:

  1. Superar una visión mercantilista. Una de las actitudes a la que se debe reeducar para llegar a la maduración de la capacidad de invocación, es la del sentido de la gratuidad que ofrece excelencia a la vida y tiene una incidencia muy importante en todo lo referente a la experiencia cristiana.

    Es urgente eliminar del camino razonamientos como: «¿Qué gano yo si...?», presentes, desgraciadamente, en muchos modelos pastorales y arraigados intensamente en la sensibilidad cultural de hoy.

    Jesús revela la presencia en la historia de un principio desconocido, perturbador, respecto de las lógicas del mal: la debilidad y la derrota (la cruz) es la victoria de la vida, cuando se vive como disponibilidad al amor y entrega al proyecto de Dios. La presencia de Jesús es «salvación» (redención de la creación hacia el éxito conclusivo) porque lleva la victoria de la vida sobre el mal y asegura el éxito de esta dramática aventura.

    Podemos confiamos a él (entregando al misterio de Dios nuestro deseo de vida y felicidad y el miedo que el dolor y la muerte desencadenan) solamente si conseguimos reconstruir una relación llevada a cabo bajo el signo de la gratuidad.

  2. Vivir «entregados» al misterio. La falta de gratuidad nos lleva a reconocer como importante para la propia Para disolver las lógicas mercantilistas de esta visión, no basta constatar que la ganancia la tendremos en «la vida eterna».

    La reconquista de la gratuidad del amor conduce, en cambio, a la aventura de la esperanza: la fe se hace entrega de nuestra existencia a un fundamento, que es sobre todo esperado, que está más allá de lo que puedo construir y experimentar. El que vive se distingue y se define cotidianamente en una experiencia real de entrega; acepta la debilidad de la propia existencia como limite insalvable de la propia humanidad.

    El fundamento esperado es la vida, comprendida progresivamente en el misterio de Dios. El gesto fácil y arriesgado de su acogida, es una decisión que se juega en la aventura personal y completamente orientada hacia un proyecto ya dado, que supera, juzga y orienta los otros pasos de la existencia.

    Renovar a personas capaces de entrega significa, por consiguiente, reconstruir un tejido de humanidad. Pero también significa arraigar la condición irrenunciable para vivir una experiencia religiosa y cristiana madura.

    Ésta es, de hecho, la vida cristiana: un abandono en los brazos de Dios, con la actitud del niño que se entrega confiado al amor de la madre. Parece extraño: para hacemos adultos, descubrimos la necesidad de hacer¬nos «niños». Nos lo ha recomendado Jesús: «Os aseguro que si no cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los Dios» (Mt 18,3).

    Del adulto queremos conservar la lucidez, la responsabilidad y la libertad, precisamente mientras nos sumergirnos en una esperanza que sabe «creer sin ven>. Del niño en cambio, buscamos el coraje de arriesgar,la libertad de mirar hacia delante, la confianza incondicional en alguien cuyo amor hemos experimentado, la disponibilidad exagerada a compartir. En ¬el fondo, el deseo de jugar, aún con las cosas más serias.

  3. Dios, Jesús y la Iglesia. También forma parte de la ión de la invocación, el momento de la propuesta proyecto de existencia concreto, que se pueda experimentar, capaz de mostrar el don de una vida en el Espíritu... Por eso considero también importante, en el proceso de la educación a la invocación, el momento de la evangelización: la sabe provocar en los que viven todavía l distraída y superficialmente; la sacia en los que ya saben expresar auténticamente su deseo de vida y de felicidad.

    Los resultados de la investigación sobre la experiencia religiosa de los jóvenes documentan, en positivo o en negativo, algunos elementos con los cuales tendrá que enfrentarse el proyecto de evangelización:

    • Hay una razón de lenguaje: los grandes temas de la salvación y de la fe no se pueden proponer, sólo porque son formulados correctamente, sino porque son experimentados en una comunidad de fe que hace de estos conceptos» las razones de la propia existencia y presencia en la historia;
    • También hay una razón teológica: el reconoci¬miento de la presencia de Dios no se une suficientemente a ¬ la persona de Jesús;
    • Y existe también una razón eclesiológica para experimentar correctamente, la función de la iglesia en orden al reconocimiento de Dios.

  4. Las expresiones eclesiales del encuentro. El camino de la experiencia religiosa a la experiencia de fe no es «intelectual», sino «experimental». Es decir, no se refiere en primer lugar al conocimiento de lo que implica el proceso. Más bien, pasa de un nivel a otro, haciendo y promoviendo experiencia.

    Claro está que la palabra es una dimensión consti¬tutiva del hacer experiencia. Por eso no pueden olvidar¬se la instancia cognoscitiva y la preocupación «veri¬tativa».
    La insistencia sobre la dimensión de experiencia pone en primer plano el momento eclesial en sus expresiones visibles: celebraciones litúrgicas y sacramentales manifestaciones y encuentros, ritmos y tiempos.

    5. El paso de la experiencia de fe a la experiencia ética. La experiencia de imperativos éticos, que tienen derechos sobre la libertad y la responsabilidad personal es uno de los puntos en que surge la experiencia religiosa.

    Pero no sólo existe esta comprobación. Desde el punto de vista educativo se reafirma con fuerza la nece¬sidad de animar a todos a reformular la experiencia religiosa (y concretamente la cristiana) de acuerdo con las exigencias de una experiencia ética madura. Teniendo en cuenta esta exigencia no solamente intervenimos para consolidar el proceso de maduración de la experiencia religiosa sino que procuramos también las condiciones para su germinación.

La atención a las exigencias éticas se realiza de forma. gradual y progresiva, se desarrolla como camino de crecimiento hacia la maduración personal se consolida. por medio de la interiorización consciente de las razones que solicitan y justifican determinadas actitudes y comportamientos.

 

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