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IR A LA RAÍZ: UN COMPROMISO SOBRE LA CALIDAD DE VIDA

Estoy convencido .de que la madurez y autenticidad de la experiencia religiosa y, por consiguiente, de la cristiana están amenazadas actualmente por el modo de comprender y vivir la vida. La calidad de la vida condiciona, de hecho, la experiencia religiosa. Por eso debemos ayudarnos a crecer en humanidad, si queremos vivir una dimensión religiosa madura.

Esto es muy importante. Por una parte se trata de educar para la invocación, para ayudar a los jóvenes a ser personas capaces de invocar. Por otra, queremos sugerir y sostener un modelo de vida religiosa cristiana donde siga habiendo espacio para la experiencia (y la exigencia) de la invocación.

Propongo algunas líneas operativas de un itinerario de crecimiento en humanidad.

  1. Tomar la vida con seriedad. Considero como actitud preliminar a reconstruir en la existencia de los jóvenes, cierta disposición hacia la seriedad: la capacidad, reconocida teóricamente y realizada concretamente, de dejarse moderar por las exigencias de la existencia que dependen de la vida misma y no se puede pactar con ellas. Tales exigencias refieren la imagen ideal de hombre y de mujer, hacia las cuales nos sentimos en tensión, y las condiciones existenciales que nos permiten alcanzar y consolidar dicha imagen.

    Desgraciadamente, a menudo esta misma actitud se considera contrapuesta al deseo de vida y felicidad. Parece como si seriedad y deseo de felicidad fueran propuestas alternativas.

    En los modelos educativos tradicionales prevalecía la atención a la seriedad. Actualmente el desequilibrio tiende hacia la vida y la felicidad, con pérdida de la seriedad. Vivimos en una cultura en la que las cosas, incluso las más banales, se ofrecen como capaces de resolver todos los problemas. Se cree que la madurez no es fruto del esfuerzo de vivir, sino el resultado seguro de la posesión de todo aquello de lo que podamos disponer fácilmente.

  2. Es importante resolver la alternativa, con plena preferencia para la vida y la felicidad.

    Los puntos sobre los cuales debemos centrar la atención son la vida y la felicidad.

    Ésta «es siempre un bien» (Evangelium vitae 34). Lo reconoce de una manera especial el cristiano que confiesa: «Precisamente en la muerte es cuando Jesús revela la grandeza y el valor de la vida, porque su entrega en la cruz se hace fuente de vida nueva para todos los hombres (cf Jn 12,32»> (ivi, n. 33).

    «La vida lleva indeleble mente escrita en sí una verdad. El hombre, acogiendo el don de Dios, debe comprometerse a mantener la vida en esta verdad, que le es esencial. Separarse equivale a condenarse a sí mismo a la insignificancia y a la infelicidad, con la consecuencia de llegar a ser tal vez incluso una amenaza para la vida de otros, por haberse roto los diques que garantizan el respeto y la defensa de la vida, en toda situación» (ivi n. 48).

    Vivir la vida en «serio» significa concretamente:

    • Reconocer la existencia de una verdad que tiene
      algunos derechos sobre la libertad. Esta actitud restituye la capacidad de afrontar la realidad con madurez; la responsabilidad (especialmente la de carácter colectivo) se hace así «forma de la subjetividad»;
    • reconocer a los demás como huéspedes «gratos» de la propia existencia. Con esta actitud se supera ese estilo de existencia, difuso e insinuante, que nos sitúa en relación con los otros en términos de competitividad y agresión: el otro es siempre un enemigo a combatir o del que hay que defenderse, o bien una presa que hay que conquistar;
    • acoger en la propia vida las preguntas y las inquietudes con que los demás nos interpelan. Con estas actitudes nos comprometemos a hacer resonar en nuestra existencia la voz suave de la conciencia moral y nos habilitamos para escuchar el grito del otro y el que brota de la realidad (paz, ecología, respeto a la naturaleza...) como «imperativo ético» comprometedor.

  3. Verificación del camino de motivación. El paso de la autonomía absoluta desde el punto de vista religioso a una apertura a la dimensión trascendente de la vida o, por lo menos, a los gérmenes inconscientes de esta presencia, y el paso de esta actitud fundamental a una experiencia real de fe (la maduración de la experiencia religiosa en experiencia de fe cristiana) no es espontáneo. Hay algo que lo desencadena. A menudo se da fuera de la experiencia subjetiva del joven. Pero, en todo caso, pone en marcha un proceso de motivación interior. Sólo en este momento la persona vive una experiencia religiosa (tal como la hemos definido).

    ¿Qué ocurre «dentro»? La radiografía de la situación juvenil actual, por lo que respecta a la experiencia religiosa, indica tres razones capaces de justificar los varios modelos de atención a lo trascendente:

    • la «necesidad de Dios», que nace de la percepción, refleja y sufrida, de la propia limitación;
    • el reconocimiento de ser creatura como dimensión positiva, que apela al propio fundamento (estamos vivos... aunque no somos la vida, porque alguien nos ha dado la vida; descubrir el compromiso ético, como exigencia de control de la propia libertad);
    • la percepción¡ intensa y viva¡ de una presencia que¡ por los signos concretos¡ sabe llegar a la raíz misteriosa: un clima de amor en el que nos sentimos envueltos¡ que nos da seguridad y esperanza aun en los momentos más difíciles.
      La educación en la experiencia religiosa lleva consigo una «reacción» educativa a esta constatación. Puede ser expresada por medio de los siguientes momentos sucesivos:
    • el reconocimiento de estas razones «hacia la experiencia religiosa» en su especificidad personal y su eventual precariedad...;
    • la propuesta de experiencias educativas capaces de suscitar alguna de estas razones (si es que están ausentes): experiencia de nueva entrega al propio límite existencial contra pretensiones de omnipotencia¡ experiencias de acogida incondicional y de amor educativo¡ reconstrucción de exigencias éticas¡ encuentro con signos significativos de la cercanía de Dios...;
    • el acompañamiento educativo que ayuda a discernir las razones y permite un camino de conso¬lidación y madurez desde los niveles más inmediatos y emotivos a los más profundos y motivados.

  4. Un camino de seriedad intelectual. La consolidación de la experiencia religiosa y su autentificación recorre el camino del «hacer experiencia»; no es fruto de operaciones espirituales. El desafío está a nivel de las «sensaciones» para acoger y discernir su verdad y autenticidad.

    El «dejarse convencer para hacer una experiencia» es por tanto el primer paso del camino que lleva hacia la experiencia religiosa. Pero, tarde o temprano, será igualmente necesario recorrer también el camino estrecho sobre la verdad dada, para acogerla y reconocerla; para descubrir que la verdad tiene derechos incluso sobre la libertad.

    Los elementos son los «clásicos» de la tradición educativa:

    • la demostración de la existencia de Dios;
    • el apoyo de la apologética, sobre todo para verificar y convalidar las bases racionales de la decisión de fe;
    • el reconocimiento de la verdad (sobre el hombre y sobre Dios), que constituye la ortodoxia eclesial;
    • el sentido auténtico e insustituible del magisterio, como custodio en el camino de la historia del misterio de la verdad.

  5. El coraje de tomar decisiones. Nuestra cultura nos lleva a decisiones no definitivas, con una atención exasperada a dejar abierta cualquier posibilidad. La abundancia de las oportunidades justifica pertenencias débiles, donde parecen compatibles una orientación y su contraria.

    Este principio es peligroso: la persona queda confusa precisamente en su propia valoración.

    No me conformo con opciones coherentes, con un cuadro objetivo de valores. Es demasiado fácil asumidas con entusiasmo y luego, en otro ambiente, bajo otro techo, mostrar el mismo entusiasmo en la dirección contraria. No se trata de un límite de coherencia; sino de esa falta de capacidad para tomar decisiones fuertes y claras que parece condición indispensable para sobrevivir actualmente.

    ¿En qué dirección hay que educar el coraje de tomar decisiones?


    La respuesta es fácil: comprometiendo a elegir lo que importa realmente. Por tanto, el problema está en la comparación de valores. Pero, a este nivel, la dificultades emergen de nuevo con la misma intensidad: ¿dónde encontraremos los valores por los cuales decidirnos para tener una auténtica calidad de vida?

    Estoy convencido de que, en nuestros días, toda tentativa de hacer objetiva la decisión saldrá perdiendo. En general no es practicable; o llegará a serlo con costes educativos excesivos. La pretensión de curar la subjetivización con una buena dosis de objetividad, puede hacer que el remedio sea peor que la enfermedad. No toca la raíz de la disfunción y, de alguna forma, la perpetúa.

    Veo en cambio la posibilidad de intervenir en las confrontaciones de la subjetivización desenfrenada, volviendo a entrar la persona en su propia interioridad. Los recursos educativos pueden ser utilizados para hacer nacer la exigencia, sostener la experiencia y proyectar la realización. Y se requerirán muchos en una cultura que hace de todo para arrastrar hacia el exterior, incluso con el pretexto de salvaguardar mejor la objetividad.

    En un ambiente complejo y plural, la formación exige, por tanto, como condición de posibilidad y autenticidad, el compromiso de restituir a cada persona la capacidad de comprenderse y proyectarse por medio del silencio y la interioridad.

    Interioridad significa espacio intimísimo y personal, donde pueden resonar todas las voces, pero al mismo tiempo, cada uno se encuentra con el deber de decidir, solo y pobre, privado de todas las seguridades que confortan en el sufrimiento que exige toda decisión. La comparación y el diálogo cerrado con todos son buscados como don precioso procedente de la diversidad. Pero la decisión y la reconstrucción de la persona¬lidad nacen en un espacio de soledad interior que permite, verifica y concreta la «coherencia» con las opciones que unifican la propia existencia.

  6. La dimensión «política» de la existencia. No podemos considerar la atención a la vida y a su calidad como un hecho de carácter individual y privado. Por desgracia, muchos jóvenes lo viven así, tal vez como reacción (inconsciente) a la «desposesión» que caracterizaba a muchos modelos educativos del pasado, y a la excesiva politización de los tiempos recientes que hemos vivido.

    La dimensión personal se sitúa dentro de los procesos sociales y colectivos. Se abre hacia todas la personas y requiere una confrontación crítica y liberadora con el poder y su gestión.

    Por eso, la restitución de la vida y de su calidad tiene una innegable resonancia «política», que se ha de redescubrir y reafirmar, reaccionando contra las hipótesis que tienden a lo particular. Por consiguiente, la pasión por la vida se expresa en términos de asumir competencias, responsabilidades y deberes colectivos.

  7. Más allá de lo que se ve. Estamos acostumbrados a considerar verdadero y real solamente lo que podemos manipular. Nuestra cultura se expresa por medio de imágenes. El instrumento expresivo se hace contenido. Por eso nos hemos vuelto presuntuosos y sabios. Para todo tenemos una explicación y de cada acontecimiento sabemos las responsabilidades negativas y positivas. Si nos ataca algún mal, sabemos el remedio o, por lo menos, es sólo cuestión de días: tarde o temprano encontraremos el nombre adecuado para identificarlo y los instrumentos necesarios para resolverlo.

    El hombre maduro no se encuentra muy a gusto con este modo reductivo y falso de ver la realidad. Se esfuerza por comprenderla a fondo, y se siente feliz de poder utilizar todo aquello que la ciencia y la sabiduría humana han sabido producir. Pero reconoce la existencia de otro mundo, hecho de acontecimientos un poco misteriosos, cuya trama ignoramos completamente y del cual sólo se puede hablar en el modo extraño del lenguaje religioso.

    Reconocemos que la misma realidad tiene dos caras, una se ve, se puede manipular y se puede leer e interpretar por medio de las categorías de nuestra ciencia y sabiduría; en cambio, la otra, se sumerge en el misterio. El trabajo para vivir con autenticidad la propia existencia comporta el trabajo cotidiano de integrar ambas dimensiones de la realidad, descifrando una a partir de la otra.

La lectura de los resultados de la investigación sobre la experiencia religiosa de los jóvenes indica una serie de elementos que me parece importante recordar para justificar la propuesta que pienso hacer.

Existe una relación, a veces muy estrecha, entre búsqueda de seguridad (en la dirección más comprometida, que es la que concierne el sentido de la vida y de la esperanza) y expresiones simbólicas que parecen capaces de sostener y solicitar dicha búsqueda. Se recurre a amuletos, a la astrología y a fragmentos de esoterismo, en busca de experiencias de solidaridad, hasta llegar a la «necesidad de Dios» y a la experiencia de su cercanía (en momentos de especial dificultad).

Para algunos son suficientes los remedios más superficiales; otros han puesto en crisis la propia experiencia religiosa, partiendo de la insuficiencia comprobada para resolver los problemas personales; también hay quienes viven la relación con la experiencia religiosa y el reconocimiento de su significado en la vida, en una oscilación pendular entre situaciones de crisis y el alcance del bienestar. Estos son, de alguna manera, los «datos concretos».

Una propuesta educativa pide la interpretación de lo que existe y, sobre todo, solicita intervenciones transformativas. Sugiero dos caminos: el primero recorre el sendero más inquietante: el de la muerte como provocación de la vida.

El segundo, haciéndose eco de muchas indicaciones de la investigación, impulsa a redescubrir el límite como autenticidad y grandeza de la persona.

  1. La confrontación con la muerte por parte de la vida. Ante todo, quiero volver a lanzar una exigencia que ha recorrido nuestra tradición educativa, pero modificando radicalmente su perspectiva: la confrontación inquietante con la muerte, que considero uno de los núcleos de la educación para la experiencia religiosa.

    La muerte provoca la vida cotidiana y pone a prueba su sentido y su calidad. Por eso, ante la muerte, no basta la decisión de quien prefiere ignorar el problema. Y tampoco basta buscar la resignación en aventuras despreocupadas. Es necesario asegurar una confrontación, sincera y disponible, llamando a ello también a quienes están distraídos o a los que han conseguido transformar la confrontación en juego de alto riesgo.

    Está claro que hay muchas «limitaciones» en la vida de cada hombre. Algunas dependen de causas conocidas y controlables, aunque no sean fácilmente superables. Otras, como el dolor y el sufrimiento, dependen de la estructura física de nuestra existencia. Contra las primeras aprendemos a rebelarnos, eliminando sus raíces dentro y fuera de nosotros. Con las segundas nos habilitamos para convivir, por amor a la verdad.

    Pero existe una situación límite, que nos alcanza a todos, y atraviesa inexorablemente nuestra existencia: la muerte nos incumbe precisamente porque estamos vivos. No nos entristezcamos por esta condena. La experiencia más hermosa, la de estar vivos, lleva consigo la señal indeleble de la limitación que la atraviesa.

    La muerte nos devuelve a la calidad y autenticidad de nuestra vida. La muerte no es un incidente del recorrido, cuya confrontación podemos evitar, como si fuese estadísticamente irrelevante respecto del problema central. En la frontera de la finitud, el hombre se encuentra «diferente» de las cosas y de los demás seres vivientes. Entra en el mundo fascinante y misterioso de una vida irrepetible.

  2. La vida y el amor. La confrontación con la muerte (la última y conclusiva así como la cotidiana y provocativa) representa una experiencia privilegiada para restituir a toda persona a esa conciencia refleja de la propia limitación existencial que abre hacia la invocación.

    Pero no es el único camino. Es importante recorrer también el camino de la positividad, redescubriendo la dimensión de imprevisible claridad de la que muchas experiencias cotidianas están llenas. Pienso, por ejemplo, en el amor gratuito que se hace servicio; en la disponibilidad a sostener, en una presencia silenciosa y acogedora, el dolor y el sufrimiento, hasta rescatar su significado para la vida de todos; en la pasión por la vida y la libertad, que lleva a sacrificar la propia existencia como don por la de otros.

    Estas experiencias encierran en sí una vivacidad humana, tan rica e imprevista, que se convierten en señales indicativas de una razón última y misteriosa de la existencia. Nos ofrecen un modo de ser hombres y mujeres que nos impulsa hacia algo que nos supera y que nos ha sido dado, más bien que a nuestra responsabilidad y autonomía.
    La experiencia de la muerte y de la vida no son dos experiencias alternativas.

    Solamente juntas, en la misma trama de la que está tejida nuestra existencia, reconducen, de forma auténtica, a ese límite existencial que es nuestra verdad, y del cual sale el grito hacia el otro que al final llegamos a reconocer como Otro absoluto.

 

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