Misioneras del Santísimo Sacramento y
María Inmaculada

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UNA APUESTA ANTROPOLÓGICA:

Mi reflexión es de carácter pastoral. La pastoral, como todos sabemos, es una disciplina especial, con sus lógicas y sus opciones. No es una disciplina meramente aplicativa, como las que están llamadas únicamente a asumir los resultados de las demás disciplinas. La pastoral pretende poseer una estructura procesal compleja: lee la realidad para hacer proyectos serios de transformación.

Para esto se sirve de las aportaciones sugeridas por las disciplinas especializadas. Pero su lectura se realiza por medio de una aproximación particular, que en nuestro lenguaje se llama «mirada de fe». Por tanto, una lectura pastoral de la realidad no es como el resultado de las simples lecturas sociológicas o psicológicas. Aun en el momento proyectivo, dimensión importante de la estructura científica de la pastoral, ésta realiza un diálogo y una confrontación continua con todas las disciplinas de carácter proyectivo. Pero entre el dato de la realidad y la elección de las estrategias adecuadas, la pastoral sitúa las exigencias normativas en su lugar teológico y eclesial.

Por tanto, ante todo debo declarar mi orientación de fondo sobre el hombre y sobre su aventura. Sólo después de haber aclarado este punto de referencia normativo, puedo verificar el actual y buscar proyectos para su transformación.

El punto central del proceso que conduce a una experiencia religiosa madura, como parte de la vida, es determinado por la «capacidad de invocación». Ésta representa la meta del camino de maduración de la experiencia religiosa y, al mismo tiempo, la condición que lo hace posible y practicable.

Para precisar lo que significa para mi «invocación», invito a pensar en los ejercicios que realizan los atletas en el trapecio, que tantas veces hemos visto en el circo.

El trapecista se suelta de la cuerda de seguridad y se lanza al vacío. Después tiende sus brazos hacia los brazos seguros y robustos del amigo que gira al unísono con él, dispuesto a agarrado.

El trapecio se parece mucho a nuestra existencia cotidiana. La experiencia de la invocación es el momento solemne de la espera; después del «salto mortal», los brazos se alzan hacia alguien capaz de acogerlos, devolviendo la persona a la vida. En el ejercicio del trapecio, todo está bien calculado. Todo se resuelve en una experiencia de riesgo calculado y programado. Pero la suspensión entre vida y muerte permanece: la vida se lanza a la búsqueda, cargada de esperanza, de un apoyo capaz de hacer salir de la muerte.

Esto es la invocación: un gesto de vida que busca razones para la vida, porque quien lo hace se siente inmerso en la muerte.

La invocación es una experiencia de límite. Es experiencia personal, ligada al gozo y a la fatiga de existir, en libertad y responsabilidad, a la búsqueda de las razones oportunas de toda decisión y opción importante. Al mismo tiempo, es ya experiencia de trascendencia, inclinación hacia el misterio de la existencia.

Lo es en los primeros niveles de maduración. El hombre que invoca se muestra dispuesto a entregar las razones más profundas de su hambre de vida y felicidad, y hasta los derechos sobre el ejercicio de la propia libertad, a alguien fuera de sí mismo, que todavía no ha encontrado razonablemente, pero que, implícitamente, reconoce capaz de sostener su demanda de fundar las exigencias para una calidad de vida auténtica.

Lo es sobre todo, en la expresión más madura, cuando su búsqueda personal se pierde ya en la acogida del misterio de la existencia. Nos fiamos tanto de lo imprevisible, como para confiarnos a un amor absoluto que nos llega del silencio y del futuro.

Aun cuando alcancemos el nivel más alto de la madurez religiosa, la invocación no se apaga, como si hubiésemos alcanzado, por fin, la capacidad de saciar todas las preguntas existenciales. En este nivel, la invocación es una nueva entrega al silencio inquietante de una presencia que está más allá de la propia soledad, que viene del misterio de la trascendencia.

Superamos el límite de nuestra existencia para su¬mergimos en el abismo infinito de Dios. Asentados en la confianza, nos entregamos al abrazo de Dios.

La invocación no se reduce a una de las muchas experiencias que llenan la vida de una persona, comparable, por ejemplo, a la búsqueda de trabajo o a un hobby que llena las energías del tiempo libre... La invocación representa, por su propia naturaleza, el tejido que conecta todas las experiencias de vida; como una experiencia radical que interpreta e integra las experiencias cotidianas en algo nuevo, hecho de ulterioridad consciente e interpelante.

La capacidad de reunificación consiste en la búsqueda de un significado para la propia vida, suficientemente armónico y capaz de dar consistencia al sentido y a la esperanza.

Al inicio, la invocación es, sobre todo, tensión hacia un ser último, capaz de dar razones y fundamento a la existencia personal. De hecho, cada fragmento de lo vivido y cada experiencia personal, lanza y contesta algunas de las muchas preguntas sobre el sentido y la esperanza que surgen de nuestra existencia cotidiana. Estas preguntas varias se unifican en una más honda, que alcanza los umbrales más profundos de la existencia; a este nivel, la pregunta interpela directa¬mente al que la formula y, normalmente, permanece totalmente abierta hacia algo mayor, aun después de la necesaria confrontación con las respuestas que nos construimos o que acogemos como don que otros nos hacen.

En un plano más alto y maduro, cuando la pregunta misma se pierde en el abismo del misterio hallado y experimentado, la invocación se hace entrega a una” presencia” que es la fuente misma de la vida de quien interroga.

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