Las personas grandes
como la sierva de Dios María
Emilia Riquelme y Zayas, son como árboles
de hojas perennes. A despecho de las
estaciones cambiantes, mantienen imperturbable
su lozanía.
Así Madre María Emilia.
Su legado personal es todavía
fragancia entre los que conocen su vida.
Su vida, sus sinsabores, sus alegrías,
se fueron tejiendo haciendo de ella
una religiosa Santa.
Mientras otros árboles mudan
de hoja o se acomodan a las exigencias
del clima, apareciendo unas veces cubiertos
de verdor y otras desnudos, los de hoja
permanente mantienen siempre la frescura:
Así fue el corazón de
María Emilia Riquelme y Zayas.
Su vida se ha convertido entre sus
hijas y entre todos cuantos la aman,
en un símbolo. Su capacidad transformante,
enriquecedora y santificadora, traspasa
los muros de su Congregación,
y llega hasta nosotros.
María Emilia Riquelme fue una
Fundadora Santa.
Su vida fue un continuo compromiso de
seguir a Cristo, de imitarle y de configurarse
plenamente con El.
Nos sobrecoge el Don de dios que hace
de ella una mujer extraordinaria y a
la vez sencilla.
Extraordinarias y sencillas fueron su
compromiso y vivencia eclesial, Madre
maría Emilia se centró
en Jesús.
Y Jesús la escogió como
testigo. Y el Espíritu santo
cuenta con ella para dar vida en la
Iglesia a un carisma que se prolonga
en las religiosas misioneras del Santísimo
Sacramento y María Inmaculada.
La sierva de Dios María Emilia
Riquelme y Zayas es hoy patrimonio de
cuantos conocemos su vida, y la amamos,
admirando su vida y su experiencia de
Dios.