Testimonio
de una joven
a quien una foto de
María Emilia redimió su
vida
Me han pedido que escriba una pequeña
reseña sobre una experiencia pastoral
relacionada con la Madre María Emilia
Riquelme. Pero debo colocar como pórtico
del relato una excusa: os pido perdón
por la escasez de datos que proporciono.
Ello responde a
dos cuestiones, que conocí a Terete
cuando apenas lograba comunicarse, y a
la expresa voluntad de sus padres de omitir
datos que la pudieran identificar.
Conocí a Teresa
en razón de mi ministerio sacerdotal:
su tía me aviso para que la confesara.
Sabía que estaba enferma, e imposibilitada
para moverse. Sin embargo, a nadie había
confiado aún su drama.
Me encontré a una
joven de veintiocho años, destruida
física y moralmente, y con graves
dificultades para hablar. La historia
que tenía que contar era maravillosa,
aunque terrible para un pipiolo sacerdote.
Terete, nombre con el cual
deseaba ser recordada, provenía
de un hogar acomodado pero roto por el
divorcio. Durante unos años acudió
a un colegio de la Congregación
en Madrid, mientras la confiaron a la
abuela materna; pero su carácter
y las malas notas provocaron que fuera
interna a un colegio laico. Cuando alcanzo
la mayoría de edad, abandono los
estudios y se fue a compartir piso con
otros chicos.
En su nueva vida de independencia
decide no poner límites a nada,
y así cayo bajo la tiranía
del alcohol y la heroína, hasta
llegar a la prostitución para pagar
su dependencia. No quiso saber nada de
su familia durante este tiempo, sentimiento
que fue mutuo hasta casi el final de sus
días.
La degradación física
y moral a la cual llega la empuja a un
intento de suicidio mediante sobredosis,
providencialmente fallido. Será
una enfermera del hospital quien localice
a una tía de Madrid, quien la acoge
en su casa.
La
vida llevada le dejo secuelas físicas
visibles, pero muy especialmente
la infección por virus de
SIDA, y aún más graves
secuelas psíquicas y morales.
Durante seis meses, se negó
a hablar, permanecía a oscuras
constantemente, y apenas se alimentaba,
lo cual, unido al fuerte tratamiento
que necesitaba, fue causa de una
lenta y dolorosa sucesión
de problemas médicos. Quizás
lo más duro para ella, además
de las frecuentes infecciones y
hemorragias internas, era el insomnio
que le acompaña hasta el
final.
Pese a la ausencia de relación
familiar entre tía y sobrina, ésta
no desespera, y coloca en la habitación
de Terete una fotografía de María
Emilia, a quien muchas veces había
pedido por su sobrina. La foto es esa
donde se ve a la Madre Emilia sentada
en una escalera, escribiendo las constituciones
de la Congregación.
La vida continúa
en ese tenor hasta una noche, justo después
de una crisis que la obliga a ser ingresada.
Sin previo aviso pregunta a la tía
quien era la monja del cuadro, y ésta,
tras unos breves trazos, la entrego un
folletito, y le dijo que eran las monjas
del colegio donde había acudido
de niña.
Las cosas no variaron durante
las siguientes semanas, hasta que una
noche la tía la descubrió
llorando con el folletito en las manos.
Nada consiguió sacarla sobre el
suceso. Fue días después
cuando consiguió enterarse que
al leer el relato del incendio del convento
de Granada, se sintió reflejada.
Sintió que en su vida únicamente
había cenizas, que todo lo había
devorado un cruel fuego.
Pero lo que había
provocado las lagrimas de desesperación
había sido la respuesta de M ª
Emilia:”Suyo es, que Él haga
lo que quiera”. Es esta frase, y
la fotografía de la Madre que su
tía dejara en el cuarto, lo que
le lleva a una lectura obsesiva de la
biografía.
Conforme me explicaría,
no podía comprender que secreto
tenía la Madre Riquelme, para que,
en medio de una vida marcada por el sufrimiento,
pudiera tener esa postura ante la vida.
Parecía que su tranquilidad descansaba
en algo más, en algo que quitaba
la carga a los problemas.
Hasta que a base de leer,
descubrió que no era algo, sino
Alguien lo que sostenía a la Madre
Riquelme: la presencia de Cristo en la
Eucaristía.
De nuevo hay un vacío
en mis datos, pues desconozco como llegué
a comprender esta cuestión. Su
formación religiosa era nula, y
no había acudido a catequesis de
comunión. Además apenas
tenía recuerdos claros del colegio,
pero si recordaba que había una
custodia (me costo horrores comprender
que era a eso a lo que se refería
la imagen que retenía en la memoria)
Aquí es donde yo
la conocí, pues la tía consigue
convencerla de hablar con un sacerdote.
Pero es también la parte más
oscura, pues me relata con pelos y señales
su vida hasta que la recogieron, incluso
la conversión que obro en ella
la fotografía, pero fue muy reservada
en todo lo que la siguió
Si durante años
había vivido sola, triste, angustiada…
desde ese instante todo fue alegría
y paz. Incluso en medio de fuertes dolores,
dudas y momentos de fragilidad. Pero Terete
sentía la compañía
de Madre Emilia, no como un recuerdo bonito,
sino como alguien que se dejaba sentir.
Y sobretodo, alguien que la amaba con
ternura maternal, por que para ella transpiraba
el amor de Cristo Crucificado.
Terete miraba al crucificado
de su habitación y me decía
que tenía la misma mirada de María
Emilia (supongo que se refería
a la foto mencionada antes). Hasta que
un día me dijo que se había
equivocado: María Emilia era la
mirada de Cristo crucificado,- entregado
por amor a los pecadores- y que se había
hecho compañía de todo ser
humano en el Santísimo.
Por la Hna. Marian, quien
me atendió cuando fui a pedir información
pues nada conocía de M. Riquelme,
la lleve un comic (Sencillamente amar).
Se pasaba horas mirándolo, pues
ya apenas conseguía leer. Este
comic fue la vía de comunicación
para muchas de las cosas que sucedían
en su interior durante los casi tres meses
que la atendí.
Cada día la llevaba
la Eucaristía, y me decía
que comprendía cuando la Madre
llamaba a la adoración su recreo
y descanso. Ella solo había conocido
la soledad y la agitación, pero
ahora conocía lo que es ser amado
por alguien.
Y porque se sentía
amada, no la importaba ya morir. La impresionó
mucho las frases del salmo que repitiera
la Madre en la última enfermedad:
“los que siembran con lagrimas cosechan
entre gritos de jubilo”. Terete,
la última vez que la vi, me dijo
que también ella podía morir
tranquila, porque la acompañaba
la Madre Riquelme, quien le había
enseñado el amor que Cristo Eucaristía
supone para la gente como ella.
Murió mientras su
tía dormía, por un fallo
renal múltiple. Dos cosas tenía
en ese momento: una sonrisa de paz indescriptible
y la foto que la había acompañado
en esos meses.
Únicamente me ha
quedado un pesar en el corazón,
que no respetaran la voluntad que Terete
tuvo de entregarme por escrito su experiencia.
Sus padres, que nunca reconocieron el
tesoro que tenían en Terete, tampoco
lo han reconocido tras su muerte.
Permitidme que termine el artículo
con las mismas palabras de Terete. Son
un fragmento de una carta que me envió:
“Dile
a todos los jóvenes que no tengan
miedo de ser vivaces, libres y apasionados.
Diles que prueben todas las cosas que
quieran; pero cuéntales que yo,
que lo he probado todo, solo he descansado
cuando Alguien me ha susurrado, en el
corazón, que me ama, y me lo
concede todo.
Diles
que Cristo es el verdadero compañero
con el cual uno puede medirse cada día
sin negar todas sus equivocaciones,
ni todos sus sueños. Que sólo
la Iglesia es compañía
para la soledad que anida en el corazón
humano, como María Emilia me
lo ha mostrado a mí.”