«Si el grano de trigo no cae
en tierra y muere, queda él solo; pero si
muere da mucho fruto» (Jn 12, 24)
Estas palabras de Jesús, más elocuentes
que un tratado, nos desvelan el secreto de la vida.
No hay alegría de Jesús sin dolor
amado. No hay resurrección sin muerte. Jesús
habla aquí de él, explica el significado
de su existencia.
Faltan pocos días para su
muerte. Será dolorosa, humillante. ¿Por
qué morir, precisamente Él que se
ha proclamado la Vida? ¿Por qué sufrir
Él que es inocente? ¿Por qué
ser calumniado, abofeteado, ridiculizado, clavado
en una cruz, el final más infamante? Y, sobre
todo, por qué Él que ha vivido en
la unión constante con Dios, se sentirá
abandonado por su Padre? También a Él
la muerte le da miedo; pero tendrá un sentido:
la resurrección.
Había venido para reunir a
los hijos de Dios dispersos[1], a romper las barreras
que separan a pueblos y personas, a hermanar a los
hombres divididos entre ellos, a llevar la paz y
construir la unidad. Pero hay un precio que pagar:
para atraer a todos a sí tendrá que
ser elevado de la tierra en la cruz[2]. Y aquí
está la parábola más bonita
del Evangelio:
«Si el grano de trigo no cae
en tierra y muere, queda él solo; pero si
muere da mucho fruto»
Él es ese grano de trigo.
En este tiempo de Pascua. Él aparece en lo
alto de la cruz, su martirio y su gloria, en señal
del amor extremo. Allí Él ha dado
todo: el perdón a sus verdugos, el Paraíso
al ladrón, a nosotros su madre y su cuerpo
y su sangre, su vida hasta gritar: “Dios mío,
Dios mío ¿Por qué me has abandonado?”
En 1944 yo escribía”
¿Sabes que nos ha dado todo? ¿Qué
más podía darnos un Dios que, por
amor, parece olvidarse de ser Dios?”.
Él nos ha dado la posibilidad
de ser hijos de Dios: ha engendrado un pueblo nuevo,
una nueva creación.
El día de Pentecostés
el grano de trigo caído en tierra y muerto
ya germinaba en espiga fecunda: tres mil personas,
de todos los pueblos y naciones, se convertían
en “un corazón solo y un alma sola”,
luego, cinco mil, luego…
«Si el grano de trigo no cae
en tierra y muere, queda él solo; pero si
muere da mucho fruto»
Esta palabra da sentido también
a nuestra vida, a nuestro sufrimiento, a nuestra
muerte un día. La fraternidad universal por
la que queremos vivir; la paz, la unidad que queremos
construir a nuestro alrededor es un vago sueño,
una quimera si no estamos dispuestos a recorrer
el mismo camino trazado por el Maestro.
¿Qué hizo Él
para “dar mucho fruto”?
Lo compartió todo con nosotros.
Asumió nuestros sufrimientos. Se hizo con
nosotros tiniebla, melancolía, cansancio,
contraste…Probó la traición,
la soledad, la orfandad…En una palabra, se
hizo “uno con nosotros”, cargando con
nuestros pesos.
Así nosotros, enamorados de
este Dios que es “prójimo” nuestro,
tenemos un modo de decirle que le estamos inmensamente
agradecidos por su infinito amor: vivir como Él
vivió. Y henos aquí “próximos”
a cuantos pasan a nuestro lado en la vida, queriendo
estar dispuestos a “hacernos uno” con
ellos, a asumir una desunidad, a compartir un dolor,
a resolver un problema, con un amor concreto hecho
servicio.
Jesús en el abandono se dio
completamente; en la espiritualidad que se centra
en Él, Jesús resucitado debe resplandecer
plenamente y la alegría debe dar testimonio
de ello.