“…Se retiró a
un lugar desierto y allí oraba” (Mc
1,35)
¡Qué día más pleno vivió
Jesús en la ciudad de Cafarnaún aquel
sábado!
Había hablado en la sinagoga dejando a todos
estupefactos con sus enseñanzas. Había
liberado a un hombre poseído por un espíritu
inmundo. Al salir de la sinagoga fue a casa de Simón
y Andrés y allí curó a la suegra
de Simón. Y al caer la tarde, después
del ocaso, le llevaron todos los enfermos y endemoniados
y curó a muchos que estaban afectados por
varias enfermedades y expulsó a muchos demonios.
Después de un día y una noche tan
intensos, por la mañana, cuando todavía
estaba oscuro, Jesús se levantó, salió
de casa y...
“…se retiró a un lugar
desierto y allí oraba”
Era nostalgia del Cielo. De allí vino al
mundo para revelarnos el amor de Dios, para abrirnos
el camino del Cielo, para compartir nuestra vida
en todo. Él había recorrido los caminos
de Palestina enseñando a las multitudes,
curando toda clase de enfermedades y afecciones
de la gente y formando a sus discípulos.
Pero la linfa vital, que brotaba de su seno como
el agua de la fuente, procedía de la relación
constante con el Padre. Él y el Padre se
conocen, se aman, están uno en el otro, son
uno .
Padre es el “Abbá”, es decir
el padre, el papá al que uno se dirige en
un tono de confidencia infinita e inmenso amor.
“…se retiró a un lugar
desierto y allí oraba”
Dado que el Hijo de Dios vino a la tierra por nosotros,
no le bastaba estar sólo Él en esta
privilegiada condición de oración.
Al morir por nosotros y redimirnos nos hizo hijos
de Dios, hermanos suyos.
De ese modo ha hecho posible que nosotros podamos
decir aquella divina invocación suya: “Abbá,
Padre”, con todo lo que esto conlleva: certeza
de su protección, seguridad, abandono ciego
a su amor, consolaciones divinas, fuerza, ardor;
ardor que nace en el corazón de quien está
seguro de ser amado…
Una vez que se entra en el silencio de la “celda
interior”, en nuestra alma , podemos hablar
con Él, adorarlo, decirle que lo amamos,
darle gracias, pedirle perdón, encomendarle
nuestras necesidades y las de toda la humanidad,
así como nuestros sueños y deseos…
¿Qué no vamos a decirle a una persona
que sabemos que nos ama inmensamente y que es omnipotente?
Y podemos hablar con el Verbo, con Jesús.
Sobre todo podemos escucharlo, dejarle que nos repita
sus palabras: “¡Ánimo, soy yo,
no temáis!” , “Yo estoy con vosotros
todos los días” ; sus invitaciones:
“Ven y sígueme” , “perdona
setenta veces siete” ; “Haz al otro
lo que quisieras te hiciesen a ti” . Pueden
ser momentos largos, o también momentos breves
y frecuentes a lo largo del día, casi como
una mirada de amor, un susurrarle: “Tú
eres mi único bien” , “esta acción
mía por ti”.
No podemos prescindir de la oración. No podemos
vivir sin respirar, y la oración es la respiración
del alma, la expresión de nuestro amor por
Dios.
Saldremos de este diálogo, de esta relación
de comunión y de amor, tranquilos, dispuestos
a afrontar con una nueva intensidad y confianza
la vida de cada día. Volveremos a encontrar
una relación más verdadera con los
demás y con las cosas.
“…se retiró a un lugar
desierto y allí oraba”
Si no cerramos los postigos del alma con el recogimiento,
tú, Señor, no puedes demorarte con
nosotros, tal y como a veces desearía tu
amor. Pero una vez que nos hemos desprendido de
todo para recogernos en ti, ya no volveríamos
atrás, de tan dulce que es para el alma la
unión contigo y de lo poco que importa todo
el resto.
Quienes te aman con sinceridad, Señor, con
mucha frecuencia te sienten en el silencio de su
habitación, en lo profundo de su corazón,
y esta sensación conmueve al alma como si
cada vez tocase carne viva. Y te dan las gracias
porque estás tan cerca, porque eres tan Todo:
el que da sentido al vivir y al morir.
Te dan gracias, pero a veces no saben hacerlo, ni
decirlo; sólo saben que Tú los amas
y ellos te aman, y no hay nada tan dulce aquí
en la tierra que pueda lejanamente parecerse un
poco. Lo que sienten en el alma, cuando Tú
apareces, es Cielo y “si el Cielo es así
– dicen– ¡oh, qué hermoso
es!”.
Te dan gracias, Señor, por toda la vida,
por haberlos llevado hasta allí. Y si afuera
todavía existen sombras que puedan ofuscar
su paraíso anticipado, cuando te manifiestas,
todo se vuelve remoto y lejano: no es.