Que no quiero dejar tu semilla junto
al camino.
No quiero ahogar palabras en el pedregal:
no pretendo el fácil contento de quien oye,
se alegra... y nada más;
no quiero ser el “hombre sin raíz”,
el inconstante,
el que fluctúa en el sí y el no de
la conveniencia.
Tampoco quiero dejarte caer entre
mis zarzas:
porque sé de mi debilidad,
porque, en un momento, te vendería por un
placer,
porque sé de mis oportunismos;
porque he “aprendido” a “servir”
a dos señores.
Que tu Palabra entre en mi por la
Puerta Grande:
la que se abre a los amigos,
la que siempre tiene en el umbral el calor del abrazo,
la que es esperanza de fiesta para la casa,
la que es augurio de salida fecunda.