Un gran cartel con el lema de esta
celebración vocacional preside el recinto.
Durante la meditación pueden
entonarse diversos cantos vocacionales.
Monición de entrada
Nos reunimos en esta tarde para orar
por las vocaciones. Jesús sigue llamando,
como lo hizo con aquellos primeros discípulos.
Habrá dificultades, retos, peligros, pero
la confianza en Él lo puede todo. Su llamada
inicial lo llena todo: ¡Sígueme!
El tiempo de verano, tiempo de vacaciones y descanso,
ayuda a pensar y a plantearse muchas cosas. Oremos
hoy por las vocaciones.
Himno - canto (Maestro, te seguiré,
adondequiera que vayas)
Salmos (del día o los propuestos
para la celebración)
Lectura evangélica (Lc 9,
57-62)
Mientras iban caminando, uno le dijo:
"Te seguiré adondequiera que vayas."
Jesús le dijo: "Las zorras tienen guaridas,
y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre
no tiene donde reclinar la cabeza."
A otro dijo: "Sígueme." Él
respondió: "Déjame ir primero
a enterrar a mi padre." Le respondió:
"Deja que los muertos entierren a sus muertos;
tú vete a anunciar el Reino de Dios."
Otro le dijo; "Te seguiré, Señor;
pero déjame antes despedirme de los de mi
casa." Le dijo Jesús: "Nadie que
pone la mano en el arado y mira atrás es
apto para el Reino de Dios."
Reflexión
Que la vocación es radicalista
lo demuestra ese imperativo de Jesús "¡Sígueme!",
que se dirige no sólo a algunos privilegiados
de su entorno sino a todos los religiosos de todo
tiempo y lugar. La vida consagrada es fundamentalmente
una adhesión personal a Cristo. El seguimiento
enamorado de Jesús es la quintaesencia indispensable
de la consagración.
La respuesta radical del religioso
a la petición de Jesús "Sígueme"
es la que pronuncia ese discípulo anónimo
de seguirle en todo lugar y tiempo. Militar en las
filas de la vida consagrada es firmar un cheque
en blanco a favor de Jesús. Poner toda la
fe y la confianza e aquel que afirma: "Quien
me sigue no camina en las tinieblas, sino que tendrá
la luz de la vida". La disponibilidad ante
Jesús es la regla de oro del religioso.
¿Y que nos depara el seguimiento
de Cristo? "El Hijo del hombre no tiene donde
reclinar su cabeza". Jesús no dora la
píldora como los líderes políticos
y sociales, que ofrecen "el oro y el moro"
para reclutar seguidores. Jesús nos habla
de su vida desarraigada, sólo guiado por
la brújula del servicio a Dios y a los hombres.
A todos los consagrados se nos exige coherencia
con se Cristo liberado, desprendido de todo por
nuestro amor.
Es verdad que no a todos en el mismo
grado, pero a todos los fieles nos manda Jesús
que vayamos a anunciar el Reino de Dios. Los llamados
a la vida religiosa activa deben incorporarse totalmente
al servicio de la Buena Noticia. "Id y predicad
el Evangelio".
Sobre la conciencia de os consagrados
a la causa de Jesús debe resonar la exclamación
de Pablo: "¡Ay de mí si no envangelizare!"
Y más aún su afirmación rotunda:
"¡No me avergüenzo del Evangelio!"
Otra exigencia del seguimiento de
Jesús es el preferirle por encima de todos
los amores de la tierra, familia incluida. Esto
no quiere decir que Jesús invalide el cuarto
mandamiento de amar a los familiar. Sólo
nos recuerda que por ser Él en cuanto Dios
el dador de esos seres entrañables está
por encima de ellos y, en caso de incompatibilidad,
debe prevalecer nuestro amor hacia Él.
Para los llamados a su seguimiento
pleno, los consagrados, Jesús propone exigencias
mayores. Les dice que su familia, por encima de
cualquier otro lazo sagrado que sea, es Él.
Si la patria, el partido político o los negocios
pueden pedir sacrificios de separación familiar,
cuánto más Jesús, nuestro jefe,
hermano mayor y Dios. Y esa fidelidad exige perseverancia
hasta el fin. En esta sociedad alérgica a
los compromisos duraderos y rompedora de promesas,
hemos de pedir diariamente a Jesús: "¡No
permitas que me aparte de ti!" O mejor: "¡Llévame,
Señor, contigo adondequiera que vas…"
(Folletos con Él. Teología y Biblia,
nº 166 - octubre 1997)
Preces
Llenos de alegría y gozo por
sentirnos llamados a la gran misión de anunciar
la Buena nueva a todos los hombres, dirijamos al
Padre nuestra oración confiada.
• Por el Papa, los obispos y presbíteros,
para que sepan iluminar especialmente con sus vidas
la existencia de los hombres y ser indicadores de
caminos válidos para los hombres, roguemos
al Señor. Te rogamos, óyenos.
• Por los creyentes en Cristo,
para que vivan siempre el seguimiento de su Señor,
de tal manera que sean luz de los hombres y sal
de la tierra, y, por medio de ellos, los hombres
puedan ver y llegar al Padre Dios, roguemos al Señor.
Te rogamos, óyenos.
• Por todos los que se forman
en seminarios o noviciados, para que, abiertos a
la luz de la palabra de Jesús, se preparen
para ser servidores del pueblo, que espera su mensaje
y testimonio, roguemos al Señor. Te rogamos,
óyenos.
• Por los misioneros, sacerdotes,
religiosos y seglares, para que Dios bendiga su
labor y, entre todos, colaboremos en la construcción
del Reino en la tierra, roguemos al Señor.
Te rogamos, óyenos.
• Por todos los que creemos
en Cristo, para que, reunidos en comunidad fraternal,
seamos germen e instrumento de salvación
en el mundo, roguemos al Señor. Te rogamos,
óyenos.
Jesús, salvador de los hombres,
que has querido encomendar las tareas importantes
de la historia de la salvación de hombres
sencillos, haz que, a ejemplo de san José,
protector de nuestra Orden, la vida de tus humildes
siervos sea una respuesta fiel a tu llamada. Te
lo pedimos a ti, que vives y reinas por los siglos
de los siglos. Amén.
Padrenuestro
Elevemos al Padre eterno, sustento de toda vocación,
la oración que su hijo, Jesucristo, nos enseñó:
Padre nuestro…
Oración
En tu regazo acunaste a la Iglesia
niña en Jerusalén,
con tu mano cariñosa dirigiste su crecimiento,
tus desvelos la acompañaron
cuando se aventuró por los caminos para invitar
a los hombres,
a compartir su vitalidad juvenil.
Tu silenciosa presencia alentó sus triunfos
y consoló sus desalientos.
Cuidabas lo que era tuyo: tus hijos, tu patrimonio
maternal.
Infúndenos el vigor juvenil
de otros tiempos:
la osada vitalidad,
el optimismo contagioso
que atraiga a los hombres a emprender la jornada
de vida
junto a nosotros, con nosotros, contigo.
Amén.