Señor de la existencia,
tu mano encuentra, como el sembrador,
el punto justo en que prender el hilo de la vida,
el tiempo en que fundir la llama en barro,
la medida cabal que corresponde al vuelo.
En Ti esta el soplo de nuestros
nacimientos,
y el mapa frágil de nuestros horizontes.
Tu tienes, Señor, la llave de cada mirada
que brota,
la cuenta atrás de todos los proyectos y
esperanzas;
eres la puerta que dispone las entradas y salidas,
el marco en que se encierran,
las luces y las sombras que componen nuestra vida.
Eres, Señor, quien abre el
surco y lanza la semilla,
quien amasa la crecida vital de cada ser.
Tú conoces la causa de la noche y del desierto,
por qué el hombre se pierde en laberintos
sin sentido,
se ciega al caminar en pleno día,
muere de sed a la anunciada orilla del venero.
Te desconoce a Ti, Dios manantial y origen,
te arroja lejos de su vida.
Danos, Señor, la luz
precisa,
el fuerte impulso de tu mano amiga.
Danos, Señor, saber reconocerte.